Eficiencia alimentaria, estrategia contra crisis hídrica en Nuevo León

Édgar Rivera / MONITOR NEGOCIOS
En un estado marcado por la escasez de agua y la creciente presión sobre sus recursos naturales, el desperdicio alimentario se ha convertido en un factor silencioso que agrava la crisis hídrica de Nuevo León.
De acuerdo con datos del INEGI y la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), en México se pierden cada año alrededor de 20.4 millones de toneladas de alimentos, equivalentes al 34% de la producción nacional. La producción de estos alimentos requiere más de 40 billones de litros de agua, volumen que se desperdicia sin generar valor.
En el caso de Nuevo León, la situación es particularmente crítica: la CONAGUA y el World Resources Institute (WRI) señalan que el estado enfrenta alto nivel de estrés hídrico, lo que amplifica el impacto de cada litro de agua perdido en alimentos no consumidos.
“El desperdicio no es sólo comida que no se vende. Es agua, energía y recursos que ya se utilizaron sin generar valor”, explicó Braulio Valenzuela, Country Manager de Cheaf México, plataforma que conecta excedentes de alimentos con consumidores.
Reducir apenas 10 por ciento de la merma alimentaria en México podría significar un ahorro de hasta 4 billones de litros de agua al año, volumen equivalente al consumo anual de entre 40 y 50 millones de personas. Para una región como Nuevo León, donde la crisis hídrica ha derivado en restricciones de suministro y conflictos sociales, esta reducción tendría un impacto inmediato en la disponibilidad del recurso.
Además del agua, el desperdicio alimentario tiene un efecto climático: según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la pérdida de alimentos representa entre 8% y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, lo que convierte su gestión en un tema estratégico para la sostenibilidad.
En sectores como el retail y foodservice, donde gran parte del excedente ocurre cerca del consumidor, la falta de métricas claras y procesos de redistribución convierte al desperdicio en una consecuencia operativa más que en una excepción.
Valenzuela señaló que, “en ciudades como Monterrey, donde la presión hídrica es creciente, esta discusión no se puede seguir postergando. Redistribuir excedentes y hacer de esta gestión parte de la operación cotidiana es una de las formas más inmediatas de evitar que los recursos más valiosos se pierdan”.
Agregó que, “cuando no hay procesos ni incentivos para gestionar el excedente, lo más fácil es descartarlo. Y ahí no sólo se pierde producto, también eficiencia en el uso de los recursos más valiosos que tenemos. Redistribuir excedentes y hacer de esta gestión parte de la operación cotidiana se vuelve una de las formas más inmediatas de evitar que estos recursos se pierdan”, agregó Valenzuela.
A la presión sobre el agua se suma el impacto climático del desperdicio. De acuerdo con estimaciones recientes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la pérdida y desperdicio de alimentos es responsable de entre 8% y 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, lo que la convierte en un factor relevante dentro de la crisis climática.
El impacto se intensifica en regiones con alta actividad económica y presión hídrica, como el norte del país, el Bajío y el Valle de México. De acuerdo con el World Resources Institute, varios de estos estados se encuentran entre los más vulnerables al estrés hídrico, lo que vuelve la reducción del desperdicio una variable no sólo ambiental, sino también económica.
“Estamos hablando de un volumen de agua que podría cubrir el consumo anual de entre 40 y 50 millones de personas en México si sólo gestionamos mejor la merma. Eso cambia la dimensión del problema: el impacto del desperdicio deja de ser un tema exclusivo de la cadena alimentaria y se convierte en un tema de gestión de recursos. En ciudades donde la presión hídrica es creciente, esta discusión no se puede seguir postergando”, indicó Valenzuela.
